Por: Isabel Soria, Presidente de Fundación Volviendo a Casa (Argentina)
El caso de Mercedes no es solo una sentencia más: es una reafirmación clara de que en la Argentina la justicia con perspectiva de género no puede ni debe retroceder. La condena a prisión perpetua de José Eduardo Figueroa marca un precedente importante porque reconoce, con contundencia, que el femicidio no es un hecho aislado ni impulsivo, sino la expresión más extrema de un entramado previo de violencia.
Las pruebas fueron determinantes: la autopsia, la escena del crimen y, sobre todo, los testimonios que evidenciaron un historial de agresiones, control y sometimiento. Mercedes había intentado separarse, y ese dato no es menor: muchas veces, el momento de la ruptura es el de mayor riesgo para las mujeres. Este caso vuelve a poner en evidencia esa realidad dolorosa que desde la Fundación Volviendo a Casa venimos señalando hace años.
También es fundamental destacar que el tribunal rechazó cualquier intento de encuadrar el hecho bajo la figura de “emoción violenta”, un argumento que durante años fue utilizado para justificar o atenuar crímenes contra mujeres. Hoy, con una legislación más clara y una mirada social que ha evolucionado, estos planteos no pueden prosperar cuando existe un contexto probado de violencia de género.
Este fallo demuestra que el acceso a recursos económicos o a defensas sofisticadas no debe torcer el rumbo de la justicia. Cuando hay pruebas, cuando hay historia de violencia, cuando hay una vida arrebatada en un contexto de desigualdad y dominación, la respuesta del Estado tiene que ser firme.
Reafirmar el agravante por violencia de género es proteger vidas. Es reconocer que no se trata de conflictos privados, sino de violaciones a los derechos humanos. Y es, sobre todo, un mensaje claro: ninguna forma de violencia puede ser minimizada, y ningún femicidio puede quedar impune.